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    viernes, diciembre 23, 2016

    El país binario

    Los venezolanos estamos viviendo en una especie de mundo binario, toda la realidad que se vive en este país parece haberse reducido a una dicotomía, queremos entender todo en base a dos opciones únicas que resultan (aparentemente) excluyentes: el gobierno y la oposición.


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    Esta visión dicotómica de la realidad está limitando nuestra capacidad de ver, entender, vivir y desarrollar otras alternativas. Con esto renunciamos a la complejidad del asunto social y resumimos todo lo que pasa en este país a una lógica simplona, como la de lanzar una moneda: o cae cara o cae sello.

    En el país binario todo es aparentemente más fácil. Los políticos, por poner un ejemplo, tienen “el mandado hecho”. Sus clientes (los votantes) deben escoger entre sus dos productos (sus partidos, los dos lados). No hay opciones para nuevos competidores.

    Este esquema no da espacio a otras vías, a otras posturas, a otras visiones, a dudar, a escoger, a cambiar. Las dos opciones posibles son asumidas como suficientes, cualquier alternativa es cuestionable y merecedora de críticas porque (según) debilita la posibilidad de alternativa.

    Por ponerlo en un ejemplo: un nuevo movimiento político realmente alternativo, que rompa con la dicotomía, va a ser acusado automáticamente de divisionista y se le va a culpar del fortalecimiento del otro.

    También, bajo la lógica binaria, los ciudadanos se acostumbran a ser perezosos ¡y eso les gusta!, no es necesario pensar mucho, solo tienen que decidir entre esos dos polos, no importa cuánto se parezcan o cuanto al final se diferencien; no es lo mismo tener que escoger entre dos que entre tres o más, lo cual implicaría tener que entender, evaluar, elegir entre propuestas.

    Así, en el fondo, la visión binaria es un punto común de conveniencia entre los opuestos (gobierno y oposición), por lo tanto a ambos les calza y por eso la sostienen, promueven y defienden.

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    Pero este asunto, me atrevería a decir de carácter epistemológico, tiene otras consecuencias más allá de la política proselitista (la de la búsqueda del poder), también afecta a la política-otra, la más importante, la del manejo del estado.

    La concepción binaria tiene a todo el mundo encasillado en el mismo esquema de pensamiento, quizás con diferencias de direcciones, pero en el fondo es el mismo mecanismo mental: en Venezuela todo lo que es malo es culpa del otro, no caben más análisis, es como una receta.

    Es así como para el gobierno lo malo es culpa de la oposición; y para la oposición es culpa del gobierno. Un tercer factor que haga cosas buenas o malas no puede ser visto, concebido, entendido bajo este esquema de pensamiento.

    Por ejemplo, la razón por la que por mucho tiempo las mafias que existen en las fronteras colombo-venezolana y brasilero-venezolana operaban con total libertad es que han sido invisibles bajo el lente de la realidad binaria. En ese cuadro ellos no caben, aunque existan en la realidad verdadera.

    Y cuando se hace inevitable no notarlas, se cae en la misma lógica; para el gobierno esas mafias están promovidas por la oposición para “tumbarlos” y para la oposición, esas mafias están sostenidas por el gobierno para “mantenerse”. Mientras los polos se atacan y defienden, las mafias siguen operando.

    Así salen ganando los malos. Tener el poder de la invisibilidad es tener la posibilidad de impunidad (no se acusa, ni juzga a lo que se asume inexistente).

    ¿No es posible tener motivación sea ajena a la realidad binaria?. La respuesta es "no", si vives dentro de ella.

    No quiero excusar al gobierno de su negligencia en cumplir con la obligación de combatir y erradicar estos males, sería imposible no ver tal grado de ineptitud. Pero me gustaría que, como país total, entendiéramos estos fenómenos desde un enfoque más completo, más complejo, que nos aproxime a una realidad verdadera, que a su vez permita un diagnóstico eficiente y consecuentemente una solución real al problema, más allá del asunto de la culpa.

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    Pero los seres humanos también somos clasificados según la lógica del país binario. En Venezuela no se discrimina por sexo, color de piel, situación socioeconómica, nivel educativo o religión; se discrimina según el lado que ocupes en la dicotomía oficialista-opositor.

    Según esto se ha llegado a condicionar hasta la nacionalidad de las personas (si apoyas a alguna opción, no eres venezolano para la otra).

    También se diferencian los derechos, el acceso a los beneficios y servicios del estado. Accedes a servicios por pertenecer o no a uno de los dos polos.

    En los discursos predomina el “ellos” y el “nosotros”, pero el “ellos” es un “ellos-solo”, como unidad, como alternativa unificada, no un “ellos-varios” o un “ellos-otros”.

    A los que nadie quiere es a quienes escapan de la lógica binaria, esos son los peores tanto para un bando como para el otro. Los abstencionistas, por ejemplo, solo son concebidos como irresponsables electorales, personas que no participan por flojera o por indiferencia. No niego que una parte de ellos lo sean por esas razones, pero no todos.

    La lógica binaria no admite a un abstencionista que no se identifique con ninguno de los dos polos, que no se sienta representado por ninguna opción, o simplemente que no haya sido convencido por los políticos. No, sólo permite el trato peyorativo y unívoco como mecanismo de defensa de la clase política, porque en el fondo, los no convencidos plantean la necesidad de una realidad más compleja.

    Pero las dos opciones se toman la libertad de asumir que todos están convencidos, que solo se pueden recorrer dos vías, a así precalifican a todo el mundo, por ejemplo, si un sindicalista tuviera en firme propósito de mejorar laboralmente a sus miembros, según el contexto será calificado como “sindicalista gobiernero”, si le piden mejoras a las empresas privadas o “sindicalista opositor”, si se las pide al estado, incluso si piden lo mismo.

    Una vez precalificado, el individuo es atrapado por la realidad binaria y, sin darse cuenta, se integra a la misma y termina alimentándola.

    Una tercera forma, como la del sindicalista que tenga interés autentico en su función sin considerar la politiquería, no es concebida, ni por los dos polos, ni por sus miembros, ni por la sociedad.

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    En síntesis, estamos enfermos de “reduccionismo binario”, este mal nos impide ver otras opciones de salida política que pueden resultar muy conveniente en estas horas de crisis; pero también permite invisibilizar fenómenos reales que operan desde fuera de la dicotomía y genera una tendencia a precalificar incorrectamente la realidad, anclándonos en un escenario sin posibilidades de evolución.

    Debemos regresar a la complejidad, si es que alguna vez estuvimos allí…

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