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    domingo, diciembre 04, 2016

    Testimonio de una actriz que fue a Cuba “antes de que Fidel muera”

    A Prakriti Maduro la había visto antes en televisión, pero no fue hasta que pude ver la película "Habana Eva" (creo que en algún momento entre los años 2011 o 2012) que me di cuenta que esta actriz tenía “algo”, como un cierto carisma que la hacía especial y difícil de dejar de ver. Ahora me termina de sorprender con este escrito publicado originalmente en el portal Prodavinci.

    “Habana Eva", ademas de una encantadora historia, nos muestra una mirada rápida de la decadente sociedad cubana bajo la dictadura de Fidel. Es una visión importante para los venezolanos que poco a poco nos hemos ido acercando a ese mundo de "gente buena" hundida en una miseria atávica. 

    Estas letras (de Prakriti), que decidí compartir, aumentan la nitidez de esa visión. Además nos denuncian como conformistas esperanzados, de esos que nunca creemos que las cosas pueden ser peores... representados en la frase (que más me gusta del escrito): "En Venezuela no creo que lleguemos a eso".

    Disfrútenlo, reflexionen…


    Testimonio de una actriz que fue a Cuba “antes de que Fidel muera”
    Por: Prakriti Maduro
    “Hay que ir a Cuba antes de que muera Fidel”, decía la gente, como si fuera imposible entender a Cuba como un destino turístico, algo más que el testimonio de una política fallida. “Pude venir justo en la raya”, pensaba ya en el avión de regreso a Venezuela. Era 2007.

    Aquel viaje no fue para hacer turismo ideológico ni para explorar los resultados del socialismo cubano. Fui a filmar una película donde me correspondía interpretar a una cubana, de modo que la observación me resultaba natural e inevitable. Observar era parte de mi trabajo.

    Empecé a entender las dinámicas del socialismo en Cuba desde el aeropuerto. En la correa giratoria donde se espera el equipaje vi desfilar maletas y cajas durante mucho tiempo hasta que, luego de una cantidad exagerada de carga si se comparada con la cantidad de pasajeros, salió la mía. Aquellos cubanos que habían tenido alguna oportunidad de viajar aprovechaban comprar afuera todo lo que les hacía falta. Casi todo. “En Venezuela no creo que lleguemos a eso”, pensé. Ahí me enteré de que había un nuevo permiso: se podían traer hasta dos reproductores de DVD por persona.

    — ¿No trajiste DVD players?
    — No… es que soy extranjera.
    — ¡Igual! Hubieses aprovechado y los vendías…

    2

    El mismo día que llegué me invitaron a una fiesta en casa de una consagrada actriz de teatro. Gente animada. Conversaciones amenas. Buena música. Cuando solté el primer “Mucho gusto…”, se fue la luz. “¡Ay, otra vez!”, dijo más de uno. Era la tercera vez en esa noche. La luz iba y venía. Ya nadie buscaba explicaciones, sino linternas y velas que permanecían a tiro.

    Al día siguiente, ya en el hotel, encendí el televisor. En la programación de los pocos canales transmitían programas de calidad bastante regular. Yo necesitaba practicar el acento, así que me quedé viendo un programa de entrevistas. Sin embargo, a los pocos segundos entró el noticiero: una noticia feliz sobre los logros de la revolución. Ante la propaganda, cambié el canal pero me conseguí la misma noticia. Y la misma en el canal siguiente. La misma noticia en todos. Todos los canales se habían encadenado a la hora del noticiero.

    En ese instante sentí una presión en el pecho que al mes siguiente se convirtió en una grieta. A través de ese mismo noticiero encadenado vi las imágenes en vivo del cierre de RCTV.

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    A este punto sí que no llegaremos en Venezuela”, me dije la primera vez que fui a hacer mercado. Estaba en el automercado mejor surtido de la zona y, aún así, resultaba alarmantemente vacío.

    “Si quieres preparar un buen almuerzo, tienes que ir a cinco o seis comercios el mismo día”, me dijo la juez que se dedicaba a hacer los almuerzos para el catering de la película. Yo no quería hacer un buen almuerzo, sino tener alguito en la pequeña nevera del hotel.

    En la zona de la charcutería había una vitrina con quesos. Y yo, práctica y además víctima de la dieta de los puntos, vi un paquete de esas láminas de queso americano separadas en porciones cuadraditas. Sólo quedaba un paquete y se lo pedí al charcutero con el nombre que le damos en Venezuela:

    — Me da ese queso Facilista que tiene allí, por favor.
    — ¿Queso qué?
    — Ése… ése de ahí… —le dije, señalándolo.
    – ¿Facilista? Oye, ¿y por qué lo llaman así?
    — Porque es práctico: ya viene en lonjas y no se pegan.
    — Ummm… aquí ese nombre no funcionaría. ¿“Facilista”? No nos creemos lo fácil… las cosas hay que trabajarlas.

    Estaba serio. No pretendía ser chistoso. Traté de sonreírle para descubrir el sentido del humor que había en la frase. No funcionó.

     4

    Cada vez que me trasladaban a la locación veía filas y filas de gente en diferentes esquinas. “¿Y esa gente?”, le preguntaba al licenciado en Administración y Contaduría que me habían asignado como taxista. “Eso es que llegó arroz o frijoles”, solía ser la respuesta. O algo como “Es que ahí se compra con Libreta de Racionamiento”. La libreta de racionamiento sí me resultaba más fácil de entender: me parecía un antepasado de las carpetas de CADIVI.

    Casas, edificios y comercios desconchados, oxidados, en ruinas. Vehículos, maquinaria y ascensores parados por falta de repuestos.

    El progreso estaba fuera de servicio hasta nuevo aviso.

    A eso no llegaremos en Venezuela”, era mi único mantra.

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    A principios del 2008 volví a Cuba. El viaje duraría una semana y era para filmar las escenas que habían quedado pendientes.

    El 24 de febrero, bien temprano en la mañana, me trasladaba en algo que los cubanos llaman “almendrón”: un carro antiguo que suelen usar como taxis. Ahí escuché en la radio a un locutor leyendo una carta firmada por Fidel Castro que se había publicado en el periódico Granma ese mismo día: por su delicado estado de salud, Fidel Castro se retiraba como presidente, cediéndole el cargo a su hermano Raúl, quien hasta ese momento cumplía labores de vicepresidente.

    Esperaba ser testigo de una Cuba alterada, movida por la algarabía o por el terror, pero alterada. Sin embargo, todo lucía como un día normal. La gente seguía en lo suyo, como lidiando con el miedo a alegrarse. “Es probable que todo siga igual”, me explicó un actor cubano que tenía inmensas ganas de estar equivocado. La antropóloga con posgrado en filología que trabajaba como asistente de vestuario en la película supo definir el ambiente como “una densa nata”.

    Aquella “densa nata” se me volvió a aparecer casi cinco años después, el 8 de diciembre de 2012. Ese día escuché cómo en todos los canales de televisión abierta Hugo Chávez le pedía al pueblo que si a él le ocurría algo eligiera a Nicolás Maduro como presidente. Y pensé: “Si eso sucediera, es probable que todo siga igual… O peor”.

    P.D. El resaltado es mio.

    Leer el original (Acá)
    Ir a Prodavinci (Acá)

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